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26 Feb 2026

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Tres mujeres que dejaron huella en Baja California Sur
Cultura

Tres mujeres que dejaron huella en Baja California Sur 

El historiador Sealtiel Encino Pérez resaltó el compromiso de estas mujeres con sus comunidades

La Paz, Baja California Sur.- Amelia Wilkes Ceseña, María Rosaura Zapata Cano y Dionisia Villarino Espinoza son ejemplos de mujeres sudcalifornianas que demostraron liderazgo, valentía y un profundo compromiso con sus comunidades.

El profesor e historiador Sealtiel Enciso Pérez destacó el papel de estas mujeres en la historia de Baja California Sur y la necesidad de reconocer a otros personajes femeninos que merecen la distinción histórica por sus aportaciones en los diversos ámbitos de la sociedad como la política, la economía, la cultura, el arte, la salud y la educación.

Mencionó que Amelia Wilkes fue profesora y gestora social en Cabo San Lucas. Entre sus contribuciones gestionó la introducción del agua potable y la primera planta generadora de luz en esa comunidad. 

Remodeló la escuela local para beneficiar a más infantes, fue partera y enfermera, salvando vidas y atendiendo a mujeres en estado de embarazo, y fue la primera subdelegada de Cabo San Lucas, lo que la convirtió en la primera mujer con un cargo de elección popular en la región.

“Debido a todo el trabajo que hizo de impacto social, de ser la gran promotora, le fue concedido ser la primera subdelegada de Cabo San Lucas. Históricamente ella fue la primera mujer legisladora, o sea que tuvo un ingreso dentro de la estructura de gobierno en lo que era el territorio de Baja California en la parte sur”.

Precisó que en 1974, cuando se eligió el Congreso del Estado la maestra María Luisa Salcedo Beltrán llegó como la primera diputada constituyente, pero el antecedente primario que hay en el territorio de Baja California Sur de una mujer política con un cargo de elección lo tuvo Amelia Wilkes. Ella murió a los 92 años rodeada de su familia, de sus amigas y amigos, que la recuerdan con gran cariño.

Otra de las mujeres destacadas en esta región del país, es Rosaura Zapata Cano, que es la única mujer hasta ahora que tiene un lugar en la Rotonda de los Sudcalifornianos Ilustres, y su mérito además de toda una vida dedicada a la educación es la de crear los jardines de niños en el México postrevolucionario.

“Ella es la que se dedica a consolidarlos, dedicó toda su vida a los jardines de niños, y una cosa curiosa es que a pesar de que pasaba la mayor parte del tiempo en la ciudad de México por su trabajo, constantemente viajaba al estado para presidir ceremonias, donde los alumnos de la Escuela Normal presentaban su examen para tener el título de profesores, además de que visitaba los jardines de niños”.

Otro personaje destacado en la historia de la entidad, dijo, es Dionisia Villarino, la famosa “coronela”, que es el mote que le pusieron cuando regresa a Todos Santos, después de participar en la lucha revolucionaria.

Lo de “coronela no nada más es por su participación en la revolución, sino porque era una mujer con un carácter decidido y puntual, una mujer que siempre se hacía fuerte a todo lo que tuviera que emprender”.

De hecho ha habido intentos para que sus restos pasen al espacio de la Rotonda de los Sudcalifornianos Ilustres, donde solo hay seis hombres y solo una mujer, que es Rosaura Zapata.

Recordó que Dionisia Villarino se casó muy joven y vivió en Estados Unidos. Posteriormente se traslado a Santa Rosalía, donde vendía comida y objetos personales a los militares, al tiempo que les sacaba información que le entregaba a los revolucionarios.

Los revolucionarios Gaspar Vela y Manuel F. Montoya decidieron ir a Santa Rosalía para sublevar a los mineros de la empresa El Boleo, pero al ser descubiertos se refugiaron en la llamada Casa Blanca que se encontraba en una loma.

Eran tan buenos tiradores que la decena de soldados que los tenían arrinconados no podían con ellos, hasta que se ordenó el uso de un cañón que disparó 86 ocasiones, dejando la Casa Blanca hecha polvo y dentro de ella los restos de los revolucionarios.

Entonces se ordenó el levantamiento de los cadáveres y su incineración para que nadie los pudiera venerar; pero por la noche cuando ya los soldados se habían retirado, Dionisia Villarino fue a rescatar los restos de los revolucionarios para velarlos y enterrarlos en su casa, lo que le costó la cárcel y el destierro en Sonora.

Fue una etapa complicada para ella porque sus hijos estaban pequeños, pero por fortuna sus amigas y amigos cuidaron de ellos en Santa Rosalía. 

Cuando la revolución terminó, Dionisia Villarino regresó a Baja California Sur, recibiendo el respeto y reconocimiento de la gente. Ella murió en Todos Santos, en 1957.

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