Volver a la Luna parece inesperadamente difícil tras más de medio siglo de avances. Las razones: menos presupuesto, más riesgos y una carrera tecnológica con varios frentes abiertos.
En 2017, la NASA presentó públicamente su plan Artemis para volver a la Luna. Con ese anuncio, la agencia asumió su primer compromiso formal para retomar el proyecto lunar, a medio siglo de la era dorada de las misiones Apolo. En ese primer vistazo, el alunizaje humano de “la nueva era” tenía una fecha tentativa: 2024, bajo la misión Artemis III.
Pero en pleno 2026, la NASA ni siquiera tiene una fecha exacta para Artemis II, la misión previa al “gran evento”. En febrero, a días del despegue, una serie de pruebas protocolarias reveló fugas importantes en el cohete que pudieron poner en riesgo a la tripulación. Ahora, la mejor estimación para ese nuevo alunizaje apunta a algún momento de 2028. Lo importante, según el administrador de la agencia, Jared Isaacman, es que China no llegue primero.
Estas actualizaciones al cronograma lunar, cada vez menos sorpresivas y con intervalos de tiempo más amplios, han llevado a la agencia espacial al escarnio público. La pregunta que se hacen los entusiastas del espacio exterior es sencilla, pero la respuesta es compleja. ¿Por qué es tan difícil volver a poner humanos en la Luna, si entre 1969 y 1972 la misiones Apolo lo lograron seis veces? La cuestión se agudiza cuando consideramos que la diferencia en el desarrollo tecnológico es impresionante. Pues bien, hay cuatro puntos que aclaran el panorama actual de la carrera lunar.
Ya no solo es “ir a la Luna”
En 1960, el plan de Estados Unidos y la entonces Unión Soviética era claro y sencillo: poner por primera vez en la historia a una persona sobre la superficie lunar. No había precedente para la hazaña, y más que exhibir el poderío tecnológico de cada superpotencia, representaba una conquista ideológica sobre el otro hemisferio.
Cuando Neil Armstrong y Buzz Aldrin descendieron por primera vez en la historia de la civilización humana a la Luna, solo se quedaron ahí 2 horas y 31 minutos. Este mismo protocolo se siguió durante las cinco misiones sucesivas con alunizajes exitosos, hasta 1972, con la misión Apolo 17.
Ya en el siglo XXI, con mucha más información sobre el espacio, los planes ya no buscan demostrar si podemos llegar, sino construir las primeras piezas de una presencia humana sostenida fuera de la Tierra. La tripulación de Artemis III estaba contemplada para iniciar ese proceso, de forma similar a cómo la Estación Espacial Internacional (EEI) normalizó la vida en microgravedad durante las últimas tres décadas.
Las misiones Artemis están diseñadas para transportar infraestructura con el fin de instalar asentamientos lunares, vehículos y equipos, y así buscar recursos vitales (como agua congelada) en el polo sur. Si todo avanza como se espera, en unas décadas el próximo viaje a Marte podría despegar directamente desde la Luna, reduciendo costos y complejidad.
La NASA tiene menos presupuesto y la industria está fragmentada
Según la Oficina de Administración y Presupuesto (OMB, por sus siglas en inglés), en el pico de la era Apolo, un par de años antes del primer alunizaje de la historia, la NASA recibió hasta un 4.41% del presupuesto federal. Hoy opera con entre el 0.35% y el 0.26%. Es una fracción mínima de lo que tuvo en su mejor momento.
Además, la agencia enfrenta recortes anuales que obligan a modificar Artemis para ajustarlo a un escenario de austeridad. Por ejemplo, la plataforma lunar Gateway es descrita como una “estación puente” entre la Luna y la Tierra y una pieza fundamental para el proyecto, pero ahora mismo se debate su cancelación, aunque tiene años de planeación detrás.
El proyecto para transformar el suelo lunar en oxígeno para respirar o para combustible de cohetes avanza y acaba de romper un hito tecnológico.
La NASA ya no trabaja con un único proveedor centralizado. Coordina a varios que compiten entre sí por un presupuesto limitado. Esa fragmentación reduce el margen de pruebas, complica la integración y aumenta la dependencia técnica y temporal de empresas como SpaceX, Blue Origin o Boeing.
Tecnología distinta y menos espacio para errores
Un pensamiento recurrente en la crítica es que parece que la experiencia de la era Apolo desapareció y que “están haciendo todo desde cero”. La cuestión es que han pasado más de 50 años y la tecnología espacial es otra. En la era Apolo, las naves eran módulos analógicos llenos de interruptores de un solo uso. Ahora, los módulos albergan electrónica contemporánea con IA y pantallas. Son mucho más potentes y seguros, pero también sensibles a la radiación cósmica.
A modo de contexto, el módulo de descenso Eagle de la misión Apolo 11 era una pequeña cápsula para dos personas, diseñada para funcionar solo unos días. El módulo de descenso de Artemis III, desarrollado por SpaceX, será un laboratorio y centro de operaciones de casi 50 metros, capaz de alojar a la tripulación por más tiempo. Aunque es tecnológicamente superior, sigue en fase de pruebas y aún no cuenta con certificación para operar como nave lunar.
Hace décadas se aceptaron riesgos que hoy son impensables, debido en buena medida a la urgencia geopolítica de su tiempo. La NASA ahora opera bajo estándares de seguridad mucho más estrictos, con auditorías y certificaciones que ralentizan cada fase. Un fallo mínimo podría desencadenar crisis como la de los astronautas atrapados durante meses en la EEI.
Hay múltiples carreras ocurriendo al mismo tiempo
Esto es quizá uno de los factores más importantes. La carrera espacial era la batalla tecnológica más importante del planeta en la década de los 60. En 2026 no necesariamente. La exploración lunar es uno más entre varios proyectos estratégicos que compiten por el mismo presupuesto y personal calificado, bajo la influencia de los intereses políticos y económicos del momento.
La carrera de la inteligencia artificial es la competencia más visible: promete transformar economías enteras y, para Estados Unidos y China, es una cuestión de seguridad nacional. La fabricación de semiconductores es igual de crítica: sin los componentes (o su materia prima) no hay computadoras, armas, autos ni infraestructura digital.
No se puede olvidar tampoco la competencia por obtener la primera computadora cuántica funcional para la criptografía y la simulación científica; o el área de robótica, que también avanza a pasos gigantes en ambos hemisferios.
La pregunta, por tanto, no debería ser “¿por qué es difícil volver a la Luna?”, sino si se puede hacerlo bajo las exigencias del presente: con menos recursos (proporcionalmente hablando), más cautela y un ecosistema tecnológico más sofisticado, pero también delicado.
