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La idea que pone en jaque al vacío del universo. Un nuevo modelo sugiere que el espacio no es inerte, sino que ofrece resistencia como un fluido

Un trabajo teórico reciente propone que la aceleración del universo no estaría impulsada por una energía misteriosa, sino por una propiedad interna del propio espacio-tiempo: su “viscosidad”. Si esta interpretación es correcta, la expansión cósmica no sería el efecto de una fuerza externa desconocida, sino el resultado de un cosmos que se comporta como un medio con fricción.

La cosmología moderna se apoya en una idea sorprendentemente frágil: que el espacio, a gran escala, es esencialmente un vacío pasivo que se expande sin “oponer resistencia”. Esa intuición, heredera de la relatividad general y del modelo estándar del cosmos, funciona bien en las matemáticas, pero deja preguntas incómodas sin respuesta. 

La principal es la energía oscura, ese término casi mágico que usamos para explicar por qué el universo se expande cada vez más rápido. Una nueva propuesta teórica sugiere que quizá el problema no esté en una fuerza desconocida, sino en cómo estamos imaginando el propio espacio.

Un cosmos que no se estira gratis

El nuevo modelo plantea algo que choca con nuestra imagen intuitiva del vacío: el espacio-tiempo no sería un escenario inerte, sino un medio con propiedades físicas propias. En este marco, expandir el universo no es “estirar la nada”, sino deformar un tejido con resistencia interna, de forma parecida a lo que ocurre cuando intentamos mover un objeto dentro de un fluido espeso.

La consecuencia es potente: la aceleración cósmica podría surgir de esa fricción interna. No haría falta invocar una energía oscura como ingrediente externo del universo; bastaría con aceptar que el propio espacio ofrece una oposición al cambio, generando un efecto de repulsión a gran escala. Es una forma distinta de leer las mismas observaciones astronómicas: las galaxias se alejan no porque algo las empuje desde fuera, sino porque el “medio” en el que están inmersas se comporta de manera activa.

Por qué esta idea resulta tan incómoda para la cosmología

Durante décadas, la energía oscura ha funcionado como una solución elegante pero conceptualmente inquietante. Sabemos que explica bien los datos, pero no sabemos qué es. El modelo del universo viscoso propone una salida menos exótica: no añadir nuevas entidades al inventario del cosmos, sino reinterpretar una propiedad del espacio-tiempo que ya usamos en las ecuaciones.

El problema es que esta reinterpretación toca un pilar cultural de la física: la idea del vacío como fondo neutro. Si el espacio tiene “viscosidad”, deja de ser un simple escenario y pasa a comportarse como un actor más del drama cósmico. Eso obliga a replantear cómo entendemos la expansión, la formación de estructuras y, en última instancia, la evolución completa del universo desde sus primeras etapas.

La tensión de Hubble y otros dolores de cabeza que podrían cambiar de forma

Uno de los puntos más sugerentes del enfoque viscoso es que podría ayudar a encajar piezas que hoy no terminan de cuadrar. La famosa tensión de Hubble —la discrepancia entre distintas mediciones de la velocidad de expansión del universo— lleva años resistiéndose a las explicaciones estándar. Introducir una resistencia interna del espacio abre la puerta a ajustes dinámicos en la expansión que dependen de la época cósmica observada.

Si el “rozamiento” del espacio fue mayor en el universo temprano, el ritmo de expansión y la formación de galaxias podrían haber seguido trayectorias distintas a las que hoy damos por sentadas. Esto no significa que el problema esté resuelto, pero sí que el rompecabezas se vuelve menos rígido: hay nuevas piezas que podrían encajar mejor con los datos de telescopios y misiones espaciales recientes.

¿Un paso hacia una cosmología más unificada o solo otra hipótesis elegante?

Como ocurre con muchas propuestas teóricas, el modelo del universo viscoso todavía vive en el terreno de las ecuaciones. No hay una “prueba directa” de la viscosidad del espacio, del mismo modo que no la hay de la energía oscura como entidad física concreta. La diferencia es conceptual: en lugar de sumar un ingrediente misterioso al universo, se redefine el comportamiento de algo que ya estaba ahí desde el principio.

Este tipo de enfoques seduce a los físicos que buscan puentes entre la relatividad general y la física cuántica, dos teorías que conviven mal cuando se trata de describir el cosmos en su conjunto. Pensar el espacio como un medio dinámico, con propiedades emergentes, encaja mejor con la intuición de que el vacío cuántico no es realmente “nada”, sino un hervidero de actividad a escalas microscópicas.

La pregunta que queda flotando

La propuesta del universo viscoso no invalida el modelo cosmológico actual, pero sí introduce una incomodidad saludable: tal vez llevamos demasiado tiempo imaginando el espacio como un telón de fondo silencioso. Si el tejido del cosmos tiene fricción, memoria y propiedades mecánicas, nuestra imagen del universo cambia de tono. Deja de ser una expansión limpia de la nada y pasa a parecerse más a un proceso físico complejo, lleno de resistencias y efectos emergentes.

En el fondo, la idea no promete una respuesta definitiva sobre la energía oscura. Promete algo más inquietante: que el mayor misterio de la cosmología moderna podría no estar “ahí fuera”, sino en cómo estamos definiendo algo tan aparentemente simple como el vacío.

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