Por qué La tradición en Chivas de jugar únicamente con mexicanos, convierte en una “misión imposible” mantener la competitividad del equipo. una tradición en Chivas le cuesta millones cada año
El fútbol actual es un mercado global de talento que se mueve libremente entre continentes. Tan solo hay que fijarse en las alineaciones de los mejores equipos europeos o incluso de la propia Liga MX e inmediatamente nos daremos cuenta de que existe una mezcla multicultural; sin duda, esta es la máxima expresión de la mundialización del deporte.
Probablemente, el PSG es el caso más extraordinario, pues cuenta con algunos de los mejores jugadores del mundo de diferentes nacionalidades. Sin embargo, en el occidente de México se da un fenómeno que desafía toda lógica comercial y deportiva actual, pues el Club Deportivo Guadalajara ha preservado intacta una tradición de principios del siglo XX que lo convierte en un caso singular en todo el continente americano.
Desde 1908, el llamado popularmente las Chivas tiene una regla inquebrantable de que su playera solo la pueden portar jugadores nacidos en México. No es una regla federativa ni una prohibición legal, tan solo es una opción institucional libremente asumida y que se mantiene firmemente hasta el día de hoy.
En un medio en el que los rivales se refuerzan con delanteros sudamericanos o mediocampistas europeos de primer nivel, Chivas confía solo en el producto nacional. Esta mentalidad convierte cada torneo en una misión imposible porque el equipo juega con una desventaja autoimpuesta que es, a la vez, su mayor fortaleza emocional. Pero a pesar de ello, le ha dado resultado, ya que Chivas es uno de los mejores equipos de la Liga MX.
Una anomalía de las probabilidades
Y continuar con esta postura romántica en pleno siglo XXI afecta directamente el resultado deportivo y la mirada de los especialistas en el deporte. Cualquier analista de mercado o fan que suela realizar apuestas online se dará cuenta enseguida de que el Guadalajara juega con otras reglas por el hecho de que su mercado de contratación es pequeño y cerrado. Y mientras sus rivales tienen al mundo para hallar respuestas a sus problemas tácticos, el Rebaño Sagrado tiene que hallarlas en casa.
Esta característica hace al club tapatío cercano a modelos muy particulares y extraños en el mundo deportivo, teniendo como su par más reconocido al Athletic Club de Bilbao en España. Ambos equipos dan prioridad al sentimiento de pertenencia antes que a la facilidad de fichaje. E insistimos, esto no se trata de un rechazo a lo extranjero, simplemente es exaltar lo propio.
La afición considera que su equipo es una extensión de la selección y la prueba de que el futbolista mexicano puede tener éxito sin necesidad de un patrocinador.
El precio oculto del nacionalismo deportivo
Y aunque en un principio podamos pensar que esta filosofía podría ayudarles a abaratar costos, de hecho es todo lo contrario. Ser leal a esta tradición se paga caro, con una sanción económica conocida en el argot futbolístico como impuesto Chivas.
El resto de los equipos de la liga saben que el Guadalajara necesita comprar a los mejores jugadores mexicanos, y saben perfectamente que su abanico de posibilidades es limitado, y para mantenerse competentes en una liga tan exigente, sí o sí deben comprar. Esto crea una inflación en el precio de cualquier futbolista mexicano que le interese al club rojiblanco.
Si un club vende a una joven promesa a Europa o a otro equipo de la liga, el precio suele ser justo y de mercado, pero, en cambio, si el comprador es Chivas, el precio puede llegar a duplicarse y, en casos contados, incluso triplicarse. Esta es la ley de la oferta y la demanda llevada a la práctica, aunque con un poco de saña.
Con un mercado cautivo de vendedores, el Guadalajara paga sobreprecios estratosféricos para persuadir a sus rivales de liberar a sus estrellas. Y eso obliga a la directiva a desembolsar cifras millonarias por futbolistas que en cualquier otro mercado saldrían mucho más baratos. Es el coste de ser uno mismo en un negocio hecho para lo contrario. Y cada vez que un jugador se retira, deben inmediatamente buscar un sustituto mexicano a la altura.
La fama vale por dos
Más allá de las penurias económicas y tácticas por no poder contratar al goleador foráneo de moda, la recompensa emocional no tiene precio. Para el chivahermano, un campeonato de liga no se compara con el de cualquier otro equipo. Y es lógico; ver alzar la copa a un equipo cien por ciento nacional reafirma la fe en lo nuestro, en nuestra nación.
Cada triunfo es una reivindicación cultural, porque cuando Chivas gana, el mensaje es que no se necesitan refuerzos para ser el mejor. Esta historia crea una conexión emocional entre la grada y el césped que no se puede comprar con talonario internacional.
El orgullo de formar parte de un club que nada a contracorriente del fútbol actual es el cemento social. En el triunfo y en la derrota, la identidad no cambia porque no se vive en función del resultado del fin de semana, sino de una historia centenaria de resistencia y creencia en lo propio.
